Sombras del ayer

Bruja

 

 

Toc, toc, toc. Unos golpes en la puerta desconcertaron a la Sra. Aberdeen que, se apresuró ha guardar las joyas y el dinero.

―Va…va, ya va…―al abrir la puerta vio que era el señor Dadffor.

Señor Dadffor, ¿que puedo hacer por usted?

―Sra. Aberdeen. ―la saludó quitándose una sucia gorra gris. Verá, necesito que me pueda hacer un préstamo…―no hubo terminado la frase cuando la Sra. Aberdeen refunfuñó.

 

―Pero, ¿Quién cree que soy Sr. Dadffor, la Reina Victoria?

―Será solo por unos días. Estoy esperando que me puedan dar lo que me corresponde de mi trabajo en la fábrica. Tengo al chiquillo enfermo de cólera, está muy mal, quiero llevarlo a casa del Dr. Alfred.

 

―Le recuerdo Sr. Dadffor que la última vez le perdoné tres peniques. ―le asió por el brazo, con una fuerza descabellada, llevándolo hasta el umbral de la puerta. ¡Traiga algo de valor Sr. Dadffor, entonces hablaremos!

 

Esas fueron las últimas palabras que escuchó el Sr. Dadffor salir de la boca de la vieja con nariz de águila y tez blanca como la muerte.

Se quedó tras la puerta unos segundos, implorando caridad sin decir una palabra. Fue inútil.

Al salir del portal de la Sra. Aberdeen, el ocaso londinense se entremezclaba con el devenir de los transeúntes…

 

No hubo andado más de doscientos pasos, cuando se percató que alguien le seguía. Se puso nervioso. «Tal vez sea un policía». Se agachó emulando atarse los cordones de los zapatos. Aquella maniobra le daría tiempo para atisbar qué o quién le seguía. No vio el típico casco del uniforme de la policía londinense; dejó escapar un resoplido de alivio. Siguió caminando hasta doblar una esquina, se metió en un zaguán invadido por la penumbra. Esperó. Los pasos se aproximaban; pasaron de largo, Daffor salió caminando tras él.

 

―Está bien, ¿Qué es lo que quiere? ―la figura se dio la vuelta―.

―¡sabe usted disimular muy bien!…«a-migo». ―se hizo un silencio que parecía interminable―. ¿Se cree que no he visto lo que ha robado a esa maldita vieja?

―¡No sé de qué me habla!

―¿No, eh? ¿Y ese espejo que lleva atrás, entre el pantalón y su abrigo? ―Se trataba de un espejo en plata, de mano, antiguo, con repujes e incrustaciones de piedras. La vieja lo veneraba como a un Dios—.


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Aquello le comprometía. Estaba claro que fuera quien fuera, le había visto. No se le ocurrió a Dadffor otra cosa que tener que llegar a un acuerdo con aquella especie de «hiena». Caminaron juntos.

Dadffor quiso saber más de aquel tipo. Le ofreció tomar un trago en una taberna. Aceptó. Una vez dentro y tras pasar unos minutos con él, se hizo un mapa de su carácter.

 

―Está bien, allí nos veremos.

―No se olvide. Bosque de Epping. El quinto roble, desde el sendero norte.

Ambos se despidieron.

Dadffor se marchó difuminándose en la distancia, junto a la nueva línea de ferrocarril; urdiendo su plan.

Después de aquello, solo le quedaba una cosa…

 

Cuando se consumían las últimas luces de la tarde, Dadffor se plantó en la calle de la Sra. Aberdeen. Esperó el momento adecuado para subir. La puerta estaba entreabierta. La empujó despacio y se abalanzó sobre la vieja que contaba dinero y joyas. La trincó por el cuello con la mano izquierda y, con la derecha la apuñaló hasta en cuatro ocasiones. Se aseguró que no respiraba. Al darse cuenta de lo que estaba haciendo le dieron arcadas. Casi vomita.

Con la sabana de la cama envolvió todas las joyas y el dinero que le dio tiempo a coger. Escondió una parte en sitio seguro.

Más tarde enterró el espejo, el cuchillo y, una pequeña parte del botín en el bosque de Epping, tal y como se acordó. Sin tiempo que perder avisó al inspector de Scotland yard: Luke Hanks.269f944e14a9591d070ce0953a01b35f

 

―Sr. Hanks. Sé quien es el ladrón del espejo. Daba la casualidad que yo pasaba en el momento en que ese individuo, abandonaba la casa de la Sra. Aberdeen. Le seguí sin que él se percatara, enterrando lo que me pareció un espejo.

«La hiena» contrató un chiquillo para que siguiera a Dadffor en todo momento; Dadffor lo sabía: «A si que era cuestión de esperar a que el ratón desenterrara el queso».

Se escondieron en Epping: el inspector, dos de sus hombres y Dadffor.

Cuando el ladrón apareció, el inspector Hanks se tomó su tiempo hasta tener evidencias de que desenterraba algo.

 

―¡Alto, policía… alto! ―gritó el inspector―.

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«La hiena» no paraba de decir con gran vehemencia que Dadffor le había tendido una trampa. A lo que el inspector Hanks declaró: «según un estudio sobre comportamiento criminal, cuando el ladrón se ve sorprendido su primera tendencia es a negar los hechos…».

 

Daffor, no pudo hacer otra cosa que apretar el puño —como señal de victoria—, sobre todo, a sabiendas de que las joyas que se  guardó; le sacarían de más de un apuro, entre ellos, que su hijo sanara.

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