El lápiz mágico

 

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Llevábamos tanto tiempo con los estómagos vacíos que, cuando llegaba mi padre de la

Taberna dando voces, resonaban en nuestras tripas los ecos de la «penuria». Son tiempos difíciles; donde la falta de trabajo y la carencia de ayudas nos ha llevado a este extremo. Sin ir más lejos, la última vez que pude comer fue ayer, mi abuela, pudo traernos un estofado de ternera. Con más estofado y menos ternera de la que quisiéramos.

Mi madre salía muy temprano de casa y se iba a pedir limosna a la puerta de los bares ó en las inmediaciones de la iglesia. No de pocas hambrunas nos sacó el padre Gabriel; tenía tanta gente a la que servir, que muchas de las veces me consta, que hizo más de un esfuerzo en el ancho de su cintura por servir a los demás.

 

A veces iba con mi abuela y, nos poníamos en la larga cola de los bancos de alimentos, los comedores sociales, y allí donde pudieran apaciguar el estrepitoso ruido de los intestinos; recuerdo una vez que estaba en la sala de espera del médico, tenía tal ruido en el vientre y sentí tanta vergüenza que, el poco color que me quedaba se me escapaba por las mejillas, dejándome más amarillo y escuchimizado que nunca.

Algunos de aquellos desgraciados llevaban cartelitos que colgaban del cuello, con un trozo de cartón. Uno de ellos ponía: «porfabor tengo ijos y mujer ayudenme» lo portaba un hombre con cara de extranjero, con una cojera en su pierna más delgada, con las manos y la cara faltas de un buen lavado. Mi abuela siempre que podía les echaba unos céntimos, no sin antes hacer un exhaustivo examen, intentando discernir aquel que creía con más necesidad y menos embuste.

Mi padre estuvo trabajando en una fundición cerca de treinta años. Le despidieron, desde entonces creo no haberle visto una sonrisa, sólo cuando estaba muy borracho. Siempre andaba quejándose de lo mal que estaba el país. De por qué no le había tocado a él ser miembro del partido fulanito o menganito, que así, se acabarían sus días de penuria.

Mi abuela siempre que podía me sacaba del ambiente sórdido y deprimido de casa; me llevaba a dar paseos por los parques y, algunas veces, cuando tenía dinero, me compraba un bollo de crema riquísimo. Me lo comía intentando hacer el mayor tiempo posible; recreándome con el dedo en coger pequeños trozos que, masticaba con toda tranquilidad, sabiendo que podían pasar muchas horas en ayunas.

Un buen día, después de llevar casi una semana sin probar bocado, mi padre en uno de sus arrebatos con mi madre, la agarró por el cuello con el cuchillo de cocina en la mano, asegurando que la mataría.

Quise haberlo matado en aquel instante, viendo a mi madre apurada y llorando como una magdalena; Pero no hice otra cosa que quedarme quieto en un rincón temblando y orinarme en los pantalones. ¡No sé qué hubiera pasado si mi abuela, como un Ángel enviado por la divina providencia, no hubiese entrado en aquel mismo momento!

Como era su hijo, le profirió una serie de oportunos insultos que, como un milagro surtieron efecto, soltándola y, saliendo por la puerta de casa con los ojos lacrimosos.

Mi abuela me abrazó con auténtica ternura y, me comentó, si es que no me acordaba de lo que me dijo:

―Pablo, te dije que si tenías miedo fueras a buscar el lápiz.

―¿El lápiz? ―respondí yo―.

 

Entonces, recordé con toda la emoción de mí ser que mi abuela escondió un lápiz al que ella llamaba «el lápiz mágico». Me dijo que con él se podía pintar aquello que nosotros deseamos. Un día, me explicó, que en el quinto ladrillo de la décima fila del sótano; contando desde el suelo hacía el techo, estaría. Bajé las escaleras corriendo, tiré del ladrillo, ¡allí estaba!… no se lo van a creer pero, en el fondo del hueco había algo minuciosamente envuelto en papel de periódico; cuando lo abrí, cual fue mi sorpresa… contenía un bollo de crema. No hice otra cosa que llorar mientras me deleitaba comiéndomelo.

No dejo de pensar en si mi padre hubiera sido político, ¡los bollos que me hubiera podido comer!

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