Si él está… ¿Qué es eso? (Cap 2)

escalera

 

 

 

Era más que un simple robot. ¿Qué miedo podía tener?

Cuando bajé por la escalera de madera que me conducía al piso de abajo,  intenté hacer el mínimo ruido que se pueda hacer, es decir, algunos peldaños sonaban emitiendo quejidos lastimeros que, en la profundidad de la noche, resonaban como emisores en el despertar del mismísimo Diablo. Los otros, por ende, más largos y escandalosos lo hacían dando la posición absoluta, como un GPS; me sentía delatado incluso antes de pensarlo.

 

Mi padre seguía de viaje. Mi madre, desde que le implantaron la terapia de los nano-robots en su cerebro; su insomnio se quedó aparcado en algún lugar de la historia. Ahora, dormía como para quemarse en el infierno y no despertarse en varias vidas, o muertes. A veces me costaba creer que seguía con nosotros, aquí, en este frío y apocalíptico planeta que habito.

 

Mientras seguía adentrándome por la estancia de Sam, me sorprendí de ver en una urna de cristal, órganos humanos que latían, se movían al son de la vida que la impresora en 3D les había infundido. Muy a lo lejos, en la distancia, apocada por la puerta de su habitación y  el trayecto de por medio, se percibía como un murmullo mortecino: los anuncios de publicidad que surgían del plasma de mi madre. Creo que entre los anuncios y la revolucionaria droga Y30, mi madre, confundía la vida como una mera pantomima de la realidad distorsionada. Y esos anuncios acuciantes sobre el bienestar en otros planetas de la galaxia… «Somos humanos, ¿en qué otro planeta íbamos a estar mejor?: en ninguno».

Órganos-3D

En el escritorio de Sam, se veían montones de papeles, desparramados allá y acá, de forma aleatoria, sin orden alguno. De modo que daba la impresión de que, una de dos, o era un robot muy desordenado —cosa que no sé por qué pensé— o, que últimamente había estado más atareado de la cuenta.

 

Conseguí discernir escritos y cosas relacionadas con las pasiones de mi padre, lo concerniente a Leonardo Da Vinci y Miguel ángel Buonarrotti. «Del primero, siempre decía que todo lo que somos en esta vida, se lo debíamos a él, a su intelecto, a su capacidad única de desarrollar todas y cada una de las ciencias y las artes. En cuanto al segundo, señalaba, que  nunca existió un artista con aquellas manos; de alguna manera, el potencial del primero, volcado en las manos del segundo, habían hecho de este mundo un lugar mejor». Seguramente, esta afirmación no fuera del todo exacta; pero si creo que es la que más se parece: me la contó cuando tenía unos cinco años.

 

Estaba asustado. Hacía tres días que no había visto al dichoso robot de industrias Estelar. La casa era grande, pero no tanto.

 

Detrás de mí apareció la sombra de una figura antropomorfa. Un miedo paralizante me sacudió tan fuerte, que hizo tambalear cada uno de los siete años que tenía y, ninguno de ellos se decidió a correr: teniendo tantos me hubiera conformado con que uno de ellos actuara.

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—¿Qué pasa Adri? —era la voz de mi padre.

—¿Papá?

Cuando me giré hasta ver su silueta, su cara, su posición, quise abrazarle…, pero un enjambre de tubos, que le salían desde varias partes del cuerpo, entre ellas: de la cabeza, el cuello, las piernas y la zona lumbar, me detuvo, aferrado al suelo.

—¿No vas a darme un abrazo, hijo?

Seguí inmóvil, no sabría decir cuánto tiempo pasó; me pareció envejecer.

Su piel, viscosa, se desprendía en finos jirones, chorreantes, que llegaban al suelo. Un olor en el aire, navegaba por la estancia; olía a cloro.

—Quiero a tu madre, hijo, por encima de todas las cosas. Estoy loco por ella.

—«Tenía claro que aquello era tan cierto como el simple hecho siquiera de planteárselo».

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Cuando conseguí que el suelo no fuera un obstáculo, corrí lo más aprisa que pude. Al llegar a la puerta del dormitorio de mi madre, la abrí con sigilo. Me acerqué, vi que de su brazo estirado colgaba algo viscoso.

También allí olía a cloro.

Los anuncios de industrias Estelar se congregaban por el dormitorio en forma de hologramas. No paraban de radiar lo maravillosos que eran sus androides de última generación. Lo fieles que eran a las tres reglas de la robótica.

—¿Mamá? ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamáaaaa!

 

Debí de quedar dormido e inconsciente en el suelo. De otro modo no me explico que hacía allí.

Cuando me incorporé. Vi, que mi madre, era una  masa viscosa sin forma. O lo que a mí me parecía, un montón de mocos que se desvanecían por ambos lados de la cama.

Cuando caían aquellos hilos pegajosos; me recordó a la velocidad y la forma en que se desprendía la miel cuando pones el recipiente boca abajo a merced de la gravedad. No es que yo sepa lo que es. Lo vi en una película que mi padre guarda, con un más que encarecido cuidado, como un entrañable vestigio de un pasado, que quizás, no quiera olvidar: en ella aparece una familia humana desayunando.

Las abejas se extinguieron. Como lo hicieron la gran mayoría de animales: hoy día nos conformamos con sustitutos robóticos (Industrias Estelar) que, intentan llenar nuestros corazones con melindrosas caricias metálicas, frías, nimias, sin un atisbo de candor humano.

 

 

Al mirar por la ventana, se erigía hacía el cielo, como un dedo grotesco de la sociedad descalabrada; una de las torres de la fábrica de robots.

Por encima, una nube negra, opresora, engullía el aire como un monstruo silencioso atenaza desde las sombras.

Comenzó a llover. De modo que aquellas cosas bípedas corrían para guarecerse del ácido que caía desde lo alto de sus cabezas.maxresdefault

 

Empecé a captar un sonido de pasos que se acercaba —al menos a mí me lo parecía—  desde el piso de abajo.

Cerré la ventana. El sonido del exterior se extenuó quedando como un ligero murmullo ininteligible, como cuando nos tapamos las orejas con ambas manos.

 

Algo me agarró por detrás… (Continuará)

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