Un hibrido y un cíborg (cap 3)

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Algo me agarró por detrás. Di un salto tan grande que, al volverme, vi la cara de sorpresa de quien escasos momentos me sujetaba por el hombro, y, a juzgar por su expresión, el salto debió de parecerle más que un brinco.

Era, María, la asistenta: un híbrido entre humano y máquina.

 

A las gentes con pocos recursos, se les brindaba la oportunidad, de cuando sus seres queridos fallecían, donarlos por algo más que una módica cantidad de vales, entre los que se ofertaba: acceso a la energía —disponer de recursos durante aproximadamente un año— o, a los bancos de alimentos. María, —nombre ficticio— era uno de esos híbridos a los que nunca se les dio a elegir entre un merecido descanso —bajo tierra— o, una segunda oportunidad como asistenta del hogar.

 

—¿Qué te ocurre Ivius?35880

Permanecí distante, no sólo en  lo físico. Una sensación más que extraña me dejó sin el más mínimo resuello; quizás, lo contrario de aquellas criaturas incombustibles, metálicas, que circundaban cualquier hogar, —el mío por ejemplo— con la finalidad de hacerlos más «acogedores» y menos solitarios.

 

La primera vez que me di cuenta de que María no era completamente humana, fue en un cortocircuito que se produjo cuando ella por un accidente se olvidó las llaves dentro de casa, mientras permanecía fuera, en el jardín. Ese día caía una tormenta de lluvia ácida. Cuando regresamos, fue mi padre el primero que se percató de que le subía un gran tiznajo negro  por la espalda hacia la nuca, cubierta con su espesa melena, entonces en parte, chamuscada.

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—Vamos, no tengas miedo. Ven… por qué no me cuentas que sucede. ¿Que ha pasado?

A estas alturas no me iba a poner a contarle la historia de Sam. Sospechaba que de alguna manera ya lo sabía; si se piensa bien, ella, no dejaba de ser un cadáver vuelto a la vida; como en una película de las que guardaba mi padre, en la que salía una especie de criatura vampírica, de aspecto horrendo y decrepito, a la que llamaban Nosferatum (el no muerto). Si se entera de que he hurgado en sus cosas, nadie me levantará el castigo.

Por otro lado, no sé por qué, pensaba que, algo o alguien manejaba todas aquellas máquinas a su antojo; además siempre llevábamos encima los Eldyus (intercomunicadores a nivel planetario): Todo estaba cohesionado entre sí.

 

—Nada, no ocurre nada. Me he asustado. Eso es todo. Esperaba que mi madre estuviera en su habitación. Estaba equivocado. La he buscado por el resto de la casa. No la encuentro. Le mentí.

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—¡Ivius!… corazón, ¿no te acuerdas que tu madre los jueves tiene que asistir a la terapia del Dr. Andrade?  —Un brillo, extraño, ambarino, resaltó de su pupila mientras hablaba.

«No sé de qué me estaba hablando. Si lo que había desaparecido delante de mis ojos, no era mi madre, ¿Qué podía ser?»

 

—No. Es decir… debí olvidarlo por completo. Lo siento María.

—No pasa nada. Ve a tu cuarto, he dejado el programa de sueño preparado para que te conectes.

 

Seguí andando por todo el pasillo, no sin que el cuerpo no dejara de temblar. Intenté dominar las contracciones involuntarias. Era como volver hacia una puerta tras la que aguardaba un verdugo con el hacha en alto. Aun así, obedecí sin volver la vista atrás, con la misma decisión con la que hubiera avanzado un reo el último día de su vida.

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Cerré tras de mí. Saqué mi teléfono del bolsillo y busque el número de Papá. Lo marqué y esperé. La señal de fuera de cobertura apareció, supuse que algún inhibidor de frecuencia había sido accionado: siempre había cobertura, en todos sitios y a todas horas.

 

Abrí la ventana redonda de mi cuarto y miré por ella lo que quedaba del mundo, de este mundo que habíamos creado, donde las máquinas funcionaban siempre: aprovechando cualquier desabrido hueco de la soledad humana para hacernos más distantes si cabe.

 

Una sensación triste y extraña a la vez, me asedió mientras contemplaba por la ventana, aquel cielo negro, sucio, lleno de partículas toxicas; que presagiaban un éxodo a otro  planeta en no mucho tiempo.

 

Quedé un tanto abstraído, como cuando se  cree que se mira algo en el horizonte, pero en realidad, el ojo desenfocado, descansa sobre una visión general. De pronto una mujer se asomó por la ventana. Caí de espaldas en un intento por apartarme de ella. Se agarró con  firmeza en el alfeizar. Me dio miedo solo de pensar que ella distaba del suelo en torno a cincuenta metros. ¿Cómo era posible subir hasta allí en escalada libre?: o era un cíborg o un híbrido.

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Sentí como se asía con su mano, produciendo un ruido metálico —aunque no se viese su estructura de aleación, por estar cubierta de piel como la mía o la vuestra— contra la superficie dura de la ventana.

 

Sin más preámbulos su voz me habló:

—¿tienes miedo? —pasaron unos segundos hasta que mi palabra encontró la salida.

—No, bueno… sí… quiero decir… —ella esbozó una dulce sonrisa, como si me conociera de hace tiempo.

—Eh, tranquilo. No estoy aquí para hacerte daño —me dijo.

 

Su voz era serena, tranquila, sin titubeos y de un tono más que bonito. Aun así, supongo, que la cara de susto que tenía, contradecía cualquier intento por mi parte de ocultarlo.

 

—Me quedaré aquí, ¿Ves? No me moveré un ápice. Te lo prometo. —me aseguró.

Sin saber por qué, había algo en ella que me instaba a la tranquilidad; sin embargo en mí, reinaba la imagen de su aparición y, por si fuera poco, todo lo que me había sucedido inmediatamente antes.

 

Su cabello era moreno y corto. Los ojos; verdes, o eso creí.

No entendía por qué la sinrazón se empeñaba en ver algo familiar en aquella hermosa «mujer».

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La puerta comenzó a ser golpeada con una violencia inusitada; de tal forma que se retorcía a cada embestida.

 

—¡Rápido, ven! —hizo un gesto de invitación con su mano extendida.

 

—Pero… ¿tú estás loca?

 

La puerta resistía los embates como quien intenta retener un elefante enfurecido en una jaula hecha de palillos… (Continuará)

 

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