Xalyar (cap 4)

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Era todo tan extraño que, sin proponérmelo siquiera, comencé a llorar. Estaba asustado, no fui capaz de dar un solo paso. Eran demasiadas emociones para mí.

Los golpes que daba aquella nueva versión de mi padre, sonaban sin descanso, sospecho que con el único propósito de matarme, matarnos si aquella mujer se dejaba.

 

Ella me levanto del suelo, con delicadeza, pero a la vez sin vacilar y con fuerza. Agarró un cinturón que había sobre una silla.

 

—¡Vamos!, no hay tiempo. —Me decía, mientras me subía a su espalda y me ataba a su cuerpo cálido y, porque no decirlo, sensual.

 

Un miedo atroz me envolvió en cuanto vi que aquella perturbada, salía por la ventana conmigo a la espalda, colgado sobre la vertical. Comenzó a descender, con la misma facilidad con que lo haría en un terreno plano. Pero yo, he de confesar que me quedé rígido, soldado a ella, con los ojos fuertemente cerrados, sintiendo el vacío en el aire y en el sonido ambiente que me rodeaba.

Tocamos suelo. Al mirar hacia arriba, vi a mi otro padre, bajando como un poseso por la pared. Daba la sensación que fue confeccionado para ello: una fiera hambrienta de muerte.

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Pronto comprendí que aquellas máquinas jugaban  un juego incapaz de ser llevado a cabo por humano alguno. Estaban dotadas de programas informáticos, exactos, precisos, perfectos: eran un algoritmo dentro de otro; nada que ver con el miedo que yo sentía a las alturas.

 

Aceleró, de tal forma, que un cosquilleo vertiginoso me subía desde el estómago hasta la coronilla; casi pierdo la consciencia. Vi —en una mirada fugaz—  cómo se perdía —hasta hacerse pequeña— la silueta de la pared en la lejanía.

Nunca nos dejaban salir a la calle por la gran toxicidad del aire. Me preguntaba qué diría mi padre si me viera ahora, aquí fuera, tomando el fresco y escapando de Sam; uno de sus logros en el campo de la cibernética.

 

La cíborg frenó de golpe. Retuve una arcada en su intento de ponerlo todo perdido. El ácido, de olor agrio, hizo que me ardiera la boca, la garganta.

Nos cobijamos en una especie de mercadillo. Había animales extintos, que daban el pego con sus movimientos y ademanes. Detrás de aquella parafernalia, un tipo con la cabeza llena de sondas y pelo artificial se despachaba con un bote de comida sintetizada. No fue difícil vaticinar como surgió  aquella panza, inverosímil. Le ocultaba gran parte de la zona púbica.

 

—Escúchame, quédate aquí, muy quieto. —me señaló un hueco por debajo del expositor.

Las faldetas, que colgaban hasta el suelo, cerraban aquella extensa mesa que, hacía de soporte a todas aquellas imitaciones. No pude evitar hacerme aquella pregunta, que me repetía casi de forma periódica, como un mecanismo programado, sin pensarlo: «¿No hubiera sido más fácil cuidar las especies biológicas, en vez de crear esta panda de sustitutos?».

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—Por cierto, me llamo Xalyar. —me dijo de improviso, «ella», mientras yo, intentaba quitarme de encima una pitón birmana, obstinada en subir por mi brazo hasta el cuello. Supongo, que la ventaja que tenían —aquellos animales— para su dueño; es que no se escapaban por ahí. No hacía falta encerrarlos.

—Ajá… —le dije sólo eso, porque estaba más preocupado de quitarme  aquella caterva de animales de encima: guacamayos, loros, arañas, perros, gallinas, palomas, gatos,… que de contestarle.

Desde allí, pude ver como los pies de aquel tipo, subían del suelo, cuando protestó por esconderme. No fue difícil imaginar por qué levitaba.

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De pronto, un gran estruendo comenzó a desarrollarse. Los animales  —a diferencia de los biológicos— se quedaron tranquilos, impasibles.

Como me vi demasiado expuesto. Me arrastré como un reptil, buscando la seguridad de un escondite mejor.

 

Aquellas dos máquinas comenzaron a empujarse, con una fuerza inusitada, descomunal. Todo se rompía a su paso.

 

Las pantallas de plasma seguían, —como siempre— retrasmitiendo sus programas de captación para no terminar en algún planeta sirviendo al resto de la galaxia; siendo un esclavo de los demás.

Una boina toxica de contaminantes se erguía desde la bóveda celeste; contemplando, si acaso, como la «sociedad» se ahogaba en sus propios detritus.

 

PCitadelresumo que no era un buen momento para llorar; aun así, lo hice. Tanto movimiento como parecía haber en las calles y sin embargo, me sentía cada vez más solo, apartado, excluido.

No sé cómo ocurrió pero Sam me tenía sujeto por el pie y me deslizaba como un trapo adherido a un caballo, tropezando contra todo. Me hacía daño.

 

Creí que era el fin, mi fin. Xalyar agarró la mano de Sam. La forzó hasta el punto que conseguí zafarme de él. Le encarceló en una jaula de gruesos barrotes; una de tantas excentricidades que aquel gordo buhonero tenía por allí. Parecía de las que se empleaba para desplazar a las fieras. «Aquello», al verse encerrado, propinó toda clase de golpes a cuál de ellos más fuerte.

 

Xalyar, me subió a su espalda y aceleró casi hasta el desmayo. Lo que a mí me pareció un momento, debieron ser kilómetros.

Cuando llegamos a un descampado por el que se veía discurrir las aguas radiactivas de la ciudad. Me apartó con la mano hasta quedar levemente expuesto, por encima de ella, en un pequeño montículo del terreno.

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—Estate quieto. No tengas miedo muchacho. —hice lo que me dijo.

Sacó un aparato con el que creí de inmediato me mataría. Lo pasó por todo mi cuerpo. Lo detuvo en un lugar concreto, —Entre la cadera y el abdomen— donde el pitido se intensificaba.

 

—¿Ves esto, que parece un granito en la piel? —miré aquello—. Es un chip de seguimiento. Tengo que quitártelo. No te dolerá. Te lo prometo. ¿Confías en mí, no es cierto, eh? —Me empujó la barbilla con su dedo índice, hasta dejar mis ojos a su altura. —Asentí.

¿Qué es eso? —hizo que mirara en la dirección requerida; y en ese intervalo de tiempo, me lo quitó. No sé cómo lo hizo, pero no me dolió.

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Entonces me miró, como si no hubiera un mañana. Noté un calor próximo en su mirada. Como si aquel encuentro no fuese casual. No. Parecía que en algún lugar aquello estaba anotado para que sucediese, o eso me parecía a mí.

Entonces me estrechó contra su pecho y me dijo:

—No llores. Sécate esas lágrimas. No creas que la mujer que murió y a la que tú llamabas mamá, era tu madre.

Continuará…

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