La esfera (cap 5)

 

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Me puso la mano en la boca mientras con el dedo en sus labios me silenciaba. Después, señalaba con el mismo sordo gesto por encima de nuestras cabezas. Ahora lo vi, era un dron de inspección: los dirige el gobierno con la única intención de llevar un control de todo.

 

Nos quedamos quietos en el suelo ocultos entre la vegetación de la zona. No pasó mucho tiempo. El artilugio se marchó disipando el sonido cada vez más tenue hasta su extinción. Nos pusimos de pie. Tras atravesar un pequeño bosquete ella sacó un aparato, accionó un botón y apareció una puerta. Nos pusimos delante. un escáner reconoció su cara. Después fue su voz la que permitió que la puerta se abriese.

 

Me invitó a pasar desde el umbral. Bajamos por unas escaleras de color ceniza un buen rato, mucho. Llegamos a una cortina energética que desactivó con su voz. Al pasar al otro lado quedé consternado de ver que aquello era una esfera de dimensiones ciclópeas. Algo que noté distinto fue el aire; era fresco, invitaba a la relajación. Casi podía notar en todo mi organismo una mejora exponencial.

 

—¡Tachan! Bienvenido a mi dulce hogar.

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Quedé tan fascinado por el sitio que no pude articular palabra; estaban demasiado entretenido en una mezcla de sentidos y pensamientos a medio procesar. Me dediqué a observarlo todo mientras las palabras de ella se quedaban en un segundo plano, como una música bien avenida que acompañaba en un paseo paradisíaco.

Ella sonreía. Parecía más que contenta al hablarme y mirarme. Pensé que había un lazo estrecho que partía desde el centro mismo del universo y unía a Xalyar con aquella esfera, como dos puntos se unen en distancias imposibles mediante un agujero de gusano.

 

—¡Pues si esto te parece maravilloso, no has visto nada!

«¿Qué más podía ver?»

Llegamos a otra puerta gris. Nada más abrirse sentí una corriente de aire puro que me golpeaba la cara. No es posible describir con palabras lo que vi. Había un bosque entero creciendo, respirando, y albergando vida en cada resquicio. Una gran masa de árboles que casi llegaba a la bóveda de la esfera se alzaba imponente. El aire olía a yerba y tierra mojada. Las luces, cientos de ellas, simulaban los rayos del sol; incluso penetraban a través de las aguas de un riachuelo que atravesaba el parque de lado a lado, simulando esos espejuelos con ribetes de oro rebotados en los guijarros del lecho.

Los pájaros, por lo que vi, muchos y de varias especies. No dejaban de endulzar el aire con sus múltiples trinos.

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—¿Es, es… todo artificial? —pregunté.

—¿Tú qué crees?

—¿Puedo? —le indiqué con la mano.

—Prueba.

Toqué la hoja de aquellos arbustos de un verde oscuro; parecían reales.

—No te quedes con la gana Ivius. ¡Vamos! Rompe la hoja. Huélela. Mírala. No te cortes, no muerde.

 

Había interminables hileras de hormigas portando trocitos de hojas cortadas. Me senté en una roca con forma plana, colorida de musgo.

—Espérame aquí, ¿vale? Voy a ir a por algo de comer. ¿No tienes hambre? —la miré y asentí.

Al poco vino con la comida.

—Toma, está muy buena. —estiró su brazo con mi parte.

—Es carne de cultivo, salada. Por cierto… todavía no hemos hablado de lo que te dije sobre que tu madre no es realidad tu madre. Sé que es muy confuso. —Miré su bello rostro, pero tuve que alternar con miradas al suelo, a la hilera de hormigas.

 

Verás, Ivius, —agitó un batido proteico y me lo dio. Alguien tenía que contarte la verdad. Tu padre tuvo un accidente con su dron personal. Normalmente esas cosas no ocurren; pero ya ves que hasta de vez en cuando las máquinas tienen fallos. En él iba tu madre. El golpe fue muy aparatoso, —Ahora fue ella quien agachó la mirada— contra un dron público repleto de clones-androide; Iban al trabajo de sus propietarios.

 

—¿Quiere eso decir… qué mi padre es un mentiroso?

—Eh, vamos… claro qué no. Lo único que digo es que quizás no encontró el momento de decírtelo. —me levanté de mi asiento, pero ella me acercó una carpeta electrónica y con un sutil gesto de cejas me invitó a cogerla—. Ten. Sabía que podía ocurrir esto.

—¿Y… mi madre, o, el doble, o lo que fuera que se desintegró en mis narices?

—Tu padre no quiso que quedaras huérfano. Construyó un androide exacto, un clon de tu madre.

 

 

 

Estuve mirando algunas fotos. Leyendo los titulares de la noticia del accidente. «¿Y por qué tenía que creerla? Al fin y al cabo, era una completa desconocida. O, aquello… ¿Explicaba las cosas que me ocurrían? : hablar como un adulto, con extenso vocabulario; tener la capacidad de saber muchas fórmulas matemáticas que no recuerdo haber estudiado; calcular distancias; conocimientos de astrofísica. Una parte de mí quiere ser un niño o lo que pueda quedar de ello; sin embargo hay otra, antagónica, qué sencillamente no ve a la primera».

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Se encendió la pantalla de mi intercomunicador. Era mi padre. Xalyar impidió con un rápido ademán que aceptara la llamada.

—¡No! ¿Quién nos garantiza que se trata de tu padre y no de Sam? —su rostro se encendió disipando mi duda. La pantalla desistió quedando a oscuras.

 

—Desde que estamos en mi casa no me has preguntado nada. ¿De verdad que no quieres saber quién soy y a que me dedico?

Me limité a asentir. Ella continuó:

Mi nombre… ya lo conoces. Tengo 37 años. Soy bióloga entre otras cosas, y, todo lo que ves aquí —no se lo cuentes a nadie— pero está hecho única y exclusivamente por mí. —sonreía mientras se ahuecaba el cabello. Bueno, no del todo. La verdad es que he tenido un fiel colaborador. —Sacó un interfono pequeño de su bolsillo y dijo— ¿Fibu, estás libre?

Las pantallas de plasma que había suspendidas de las paredes se iluminaron mostrando todas las zonas del interior de la esfera. Apareció un hombre en una de ellas mirando a cámara.

 

—Aquí estoy. ¿Quieres qué deje las tareas y vaya hacia dónde estáis?

—Sí, por favor. —confirmó Xalyar.

Cuando le vi andando hacia nosotros. Tenía un porte recto, como un soldado pavoneándose con su uniforme. Iba vestido con un mono de trabajo de color musgo. Llevaba guantes de jardinero. En los pies calzaba unas botas de piel marrón claro con tierra adosada. Su porte era atlético, ancho de espaldas, con manos grandes y venosas. El cabello rubio se le quedaba en media melena que no llegaba a tocar los hombros.

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—Hola, me llamo Fibu. —Me extendió su mano—. ¿Usted también viene de Industrias Estelar?

(Continuará…)

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