El huésped

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«¡Así que estabas ahí en el silencio! Te gusta llegar como lo haría un fugitivo o un ladrón, escondiéndote en las sombras; vergüenza debería darte. ¿Qué vas a hacer, lo mismo que hiciste con  mi padre, mis hermanos y mi mujer, eh? Por cierto, ni se te ocurra pensar en mi hijo, o… ¡No te lo voy a permitir!».

 

—¿Papá, vienes? Vamos a llegar tarde —Papá, cerró la carta del resultado médico y se la metió en el bolsillo, con la misma rapidez que su abstracción represiva y silenciosa tornó en sonido servicial, respondiendo.

—¡Pues claro que voy! ¿Por quién me tomas, por un «lentorro» cómo tú? —corrió hasta donde estaba su hijo y se abalanzó sobre él, simulando una pelea entre superhéroes. En este caso Papá es Batman y su hijo es Spiderman.

—¿Papá, crees que algún día veremos a Mamá?

­—¿Se puede saber qué clase de pregunta es esa, Acaso no hablamos de que Mami está en esa estrella que por la noche vemos desde tu habitación? Creía que dejamos bien claro el tema. —No pudo evitar que se colase en su memoria la imagen del cementerio: la fosa, las coronas de flores, el coche fúnebre, los cipreses, la congregación de la familia… todo ello revoloteaba en su cabeza, con la misma intempestiva figura de un verdugo comiendo, compartiendo mesa con inocentes.

 

—¡Te quiero mucho Papá!

—Y yo, tesoro. Espera, salgo enseguida. Voy al baño. —La prisa con la que se movía hacia el baño, no fue suficiente para reprimir las lágrimas, que se lanzaron a su fuga cuando las puertas de la ternura se abrieron.

 

 

Dejó en el colegio a su hijo Adri. Se despidió con un efusivo abrazo.

—Luego te recojo campeón.

—Vale. —Puso la mano como cuando Spiderman lanza su tela de araña y  envolvió el corazón a Papá.

 

En cuanto llegó al ala de oncología infantil se apresuró para cambiarse de ropa.

Nada más entrar en las estancias donde los niños con sus cabezas lampiñas reponían sus cuerpecitos, el aire, se impregnaba de las risas y las carcajadas de ellos al ver aquella inconfundible figura del doctor Vestida de payaso; al más puro estilo Charlie Rivel, solo que con un toque castizo, cercano, y muy, muy gracioso.

Cuando no eran sus trucos de magia, eran sus caídas recurrentes y patosas las que conformaban una algarabía tal, que cualquiera que hubiese entrado del exterior no se hubiese imaginado dolencia o drama alguno, porque lo que allí se mostraba era más propio del circo que de un hospital.

La nariz, grande, roja; la peluca, naranja; los pantalones de grandes y rojos lunares; los zapatones…

 

Tras unos meses, fue el propio médico quien tuvo que ser hospitalizado. Los dolores se hicieron insoportables. Ahora era él quien había perdido el cabello de la cabeza. El rostro demacrado, casi azulado, no le impedía que siguiera haciendo chistes y cuchufletas a todo el que se acercaba a verle o estaba próximo a él.

 

Entonces, y para su asombro, fueron a visitarle todos los chicos que se recuperaron. Lo hicieron en tropel, en masa. Vestidos de payaso. Realizaron un número digno de elogio.

A la siguiente semana, los payasos regresaron, esta vez con una temática  diferente, pero no por ello de peor calidad; las carcajadas atravesaban cualquier muro levantado. Y así, se fue realizando cada jueves de cada semana. Los padres de los chicos le estaban tan agradecido por lo que había hecho por sus hijos que, era muy frecuente ver como las mejillas se llenaban de lágrimas.

 

Nadie sabe cómo ni por qué. Pero cuando todo el mundo creía que estaba cercano a su fin, empezó a recuperarse para sorpresa de sus propios colegas. Algunos se aferraron a tildar la situación de milagro; otros, rompían una lanza a favor de la terapia mediante la risa; sin embargo, no sé quién, aseguraba, que jamás había conocido a una persona que tratara mejor a su huésped.

 

Zenda#historiasdesuperación.

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