Una arpía. Los yos del futuro (cap7)

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Fibu, había acabado de dar de comer a las aves exóticas, multicolores. Aquellas criaturas de tonos asombrosos, no dejaban de revolotear. Emitían ruidosos silbidos y se peleaban entre ellas por la comida.

Ahora se ensartaba un grueso guante, largo, que le cubría desde la mano al antebrazo. Se puso un casco en la cabeza. Agarró un filete hecho en la impresora de carne de cultivo. Por el tamaño de aquel pedazo de carne creí que le daría de comer a alguna fiera carnívora desconocida para mí.

 

Cuál fue mi sorpresa al comprobar que, desde las alturas de uno de aquellos imponentes árboles, se lanzó en picado una criatura alada. Fibu, la llamaba con cortos y rítmicos silbidos. —Se cubrió el rostro con la visera trasparente. Le otorgaba un aire estúpido—. Llegué a pensar que se trataba de un halcón, cosa que pronto descarté, al comprobar el aterrizaje sobre el  brazo del androide. El fuerte impacto le desequilibró. Haciendo que callera al suelo con aquel pájaro enorme y de mirada asesina que se agarraba fieramente al trozo sanguinolento de carne. Llegué a pensar que le arrastraría por el entablado del camino.

 

Fibu, se puso en pie con una agilidad pasmosa. Me hizo un gesto con la mano dando a entender que lo tenía controlado.

—Es un águila Arpía, hembra, de unos nueve quilos. —mientras me hablaba su rostro se afianzaba en la seguridad de saber lo que hacía, dándose aires.

Dios, aquella criatura preciosa y extraordinaria tenía las garras más grandes que haya visto. Su tamaño equivalía a las manos de su cuidador. Las uñas aceradas se retorcían como corvillas sobre el guante. Evidenciaban que de no ser por la protección, hubieran perforado el brazo como un brasa incandescente el plástico o la mantequilla. Ahí estaba erigida como una diosa sobre el guante sin soltar la carne: Las plumas de la cabeza enhiestas,  la mirada impertérrita, penetrante, de quien se sabe nacido para matar.

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Me preguntaba dónde estaba Xalyar. Así que me dejé llevar como una ola lo hace hasta la arena de la playa.

Llegué a una sala. Cuando atravesé el umbral, el  sonido se extenuó ipso facto, como si alguien hubiera abierto la puerta de una nave en el espacio y nos hubiese abandonado a la flotabilidad, al silencio oscuro del universo.

Podía ver repartidos por la estancia oval montones de proyectos: Vegetales expuestos con distintos patrones de luz; folios con fórmulas desparramados por ahí, en las mesas; pantallas y hologramas con datos de satélites. Por supuesto la cuenta atrás del opus Kepler, la nave que entraba en órbita planetaria. Y otras cosas, curiosas sí, pero que no supe interpretar.

 

Fui hacia el modificador de luz ambiental. Aquella luz iridiscente azulada me ponía nervioso. Giré el botón hasta llegar a un tono pastel, relajante, adecuado; semejante al del tronco de las Sequoias. Me alcé sobre los talones para ver con claridad unas fotos que, gracias a unos láser creaban movimiento en la escena. Me sorprendí cuando en una de las fotos salía Xalyar, mucho más joven, frente a la fachada principal de la sede de Industrias Estelar. Estaba sonriendo. Recogía un galardón de manos de un hombre de la compañía. «A éste tipo, yo, le he visto en alguna parte. Sé quién es, ajá, ya te tengo es Bilgar. Sí. Él era socio cofundador junto con mi padre  de la empresa. No había duda era él, solo que más joven».

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—Hola Ivius. —apareció Xalyar tras de mí—. Supongo que al ver esas fotos estés contrariado. No tienes porqué. Yo trabajaba en Industrias Estelar, junto a tu padre y Bilgar…

 

La conversación fue interrumpida al encenderse una de las pantallas situada a mi izquierda, junto a la entrada. Xalyar, reaccionó con inquietud, nerviosa, indicándome que me callara. Indicó a la computadora central que subiera el volumen del noticiario.

 

«Desde esta mañana se busca a Ivius Lexor Segundo. Se creé pueda haber sido secuestrado. Se ruega la colaboración ciudadana. Su padre, Gralar Lexor Primero ofrece un incentivo económico a quien pudiera aportar algún dato o pista sobre su paradero. Tiene siete años. Color de pelo castaño. Ojos castaños. Vestía…».

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—¡Já! ahí tienes a tú padre; ofreciendo recompensas. ¡Ahora sí que la hemos hecho buena! Encima creen que hayas podido ser secuestrado. Pero, ¿De qué van?

Ni me inmuté. Miraba al suelo deseando que se abriese y me tragara.

—Ah, sí. Voy contigo —dijo, como si un duende en su cerebro la hubiese despertado de un pellizco—. Escúchame con atención y no te montes películas.

Se acercó a mí. Su tono comenzó a descender de volumen para paulatinamente convertirse en una suave y delicada voz que enamora.

Pasó por delante de mí como hechizada, con la vista clavada en la foto, sin dejar de hablar, cada vez con más dulzura.

Se puso la foto en la mano, ahora iluminada.

 

—El premio me lo dieron por conseguir con las investigaciones demostrar que todos los supuestos avistamientos ovnis no son sino la evolución de nuestra raza: nosotros, tú, yo, ellos… todos nosotros en el futuro.

Levanté la mirada del suelo luchando contra mi orgullo en una batalla que perdí por el oído tras escuchar aquello. Pensé que aquella mujer, es decir…bueno, lo que fuera aquello-a se había vuelto loco-a.

 

—jajaja, sí. Sé lo que estás pensando. Eso mismo pensaron ellos. Todo el que escuchó mi teoría.

Me quedé petrificado. Al verla tan convencida, no hizo sino incrementar mi interés por ver como salía del entuerto, y a la vez ver, si es que podía, calibrar el grado de locura, su locura; supongo que, para sí salíamos de aquello, proponer a la ciencia un estudio meticuloso, concienzudo de todo el cerebro, su cerebro.

Pensé que, para haberme quedado sin madre, un robot que me busca para matarme y una psicópata cibernética declarada; lo mejor que podría ocurrirme era que alguien viniese a esclarecer que mi padre no era mi padre, sino el padre de todos; ese Dios que todos han buscado en algún momento y que gracias a ésta chiflada hemos encontrado.

 

—¡Ivius! ¿Lo vas pillando?

Me quedé mirándola. Igual que se mira una aparición mariana. Faltó la gana de un mudo que deja de serlo para decirle que no había oído tanta buena explicación en años; sin embargo me tuve, o se tuvo que contentar —según se mire— con un leve asentimiento de cabeza, propio de los que sin ser mudos lo parecemos.

 

La Opus Kepler había  tocado tierra. Esa era la noticia que sonaba por los altavoces de la esfera. La cuenta atrás se trasformó en ceros, quizás como los mismos que vieron el inicio de los tiempos.

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(Continuará…)

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