Un apellido fuera de lugar

La Naturaleza, Paisaje, Árbol, Invierno

A menudo se imaginaba como sería de mayor, anciano. Se veía con las ropas que usaba, la postura que adoptaba en la silla; la barba blanca cayéndole en cascada hasta el pecho.

Quería saber por qué diablos, aquello —ese pensamiento— se había convertido en recurrente, como lo era la obsesión de un paranoico.

¿Qué significaba aquello? ¿Qué tenía dones proféticos? ¿Qué era capaz de verse así mismo en el futuro?

Al principio le pareció algo circunstancial, temporal, transitorio: uno de esos tantos pensamientos que vienen y van. Lo normal era no pensar en la vejez siendo joven, nadie lo hacía. Comprendía —sin necesidad de vueltas— que, no pensar en la vejez o en la muerte formaba parte de un resorte defensivo, vital: «no tiene sentido torturarse con algo que todavía no ha llegado y, si todo transcurre como debe, todavía le faltaba para su fin».

Aunque de hace unos días a esta parte tiene otra teoría que se le ha instalado en la azotea, dando la matraca.

«¿Por qué tendría que ser el fin de la vida y el principio de la muerte? ¿Quién lo dice, dónde está esa afirmación?

¿Por qué lo que conocemos como la muerte no es una transición hacia otro lugar?».

Suponía que ante la idea de que todas las especies seguían evolucionando, (Darwin) y que el universo no se detenía (Hawking).

Pensó que llegado el momento se convertiría en algo parecido a los fotones: partículas sin masa capaces de tener en todo momento una velocidad constante cercana a los 300.000 km/s.

Entonces una voz, fuerte, sonora, en la distancia dijo:

¿Puede alguien decirle a ese tarado que a pesar de estar muerto y en un cementerio me gustaría poder descansar en paz?

Cuando escuchó aquello, apareció una lechuza con una hoja de periódico entre sus garras, se posó en la cruz de su sepulcro. Un rayo de luz de luna se abrió paso de entre las nubes y esclareció la oscuridad, dejó leer lo que allí ponía: «tras la muerte del distinguido científico —aparecía su foto— se esconde un error burocrático que no ha hecho otra cosa que enfadar a familiares y amigos; velando y enterrando otro ataúd, otro difunto. El cambio de apellido en su certificado de defunción ha hecho que se enterrara en un cementerio pequeño de una localidad de campesinos en vez del camposanto al que corresponde en la zona norte…».

El médico causante de dicho entuerto, un tipo imberbe de cara y lampiño de cabeza, aquella noche no paraba de llamar a su gato que no aparecía. Sin saber por qué, como tocado por una fuerza involuntaria a él y todopoderosa, agarró la pala que yacía apoyada contra la pared en una esquina del jardín…

Debió de ser la mascota más laureada de la comarca, cuando no del mundo entero. Lo que todavía no sabemos es dónde está el cuerpo del otro difunto.

¿Por qué está claro que había otro, no?

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