De camino al colegio

No hay ninguna descripción de la foto disponible.Colegio La vía

ya vamos los niños

saliendo de sus casas,

y según se avanza

se confluye en tropel.

Recuerdo las estaciones:

primavera, santa de flores;

 verano, de corto calzón;

otoño, de hojas y cielos rojos;

invierno, de escarchas blancas.

Pero hay un  día…

hay un día…

¡Que es hoy!

En el que la lluvia

armónicos varios interpreta:

en los charcos… tintinea;

en las bajantes de bocas aserradas,

caño sonoro de almas límpidas;

murmuradora…, el agua, se dispersa.

Me da por pensar:

«¿Adónde irá…?

¿No será que, como los sueños,

con vigor salta

y en el transcurso,

serpenteante, sinuoso,

se diluye cual gota en cristal?».

 

Paso por la calle higueras;

otros niños hay

con sus mochilas:

presagio, quizás,

de ese peso, eterno recuerdo

intrínseco a la adultez.

Me adentro en José Hernández…

allí, es otro cantar, los efluvios

de la panadería de Fernando,

forman un caleidoscopio

inimaginable (si no se está),

con los de la fábrica de pimentón

de los “Flores Bastida”.

Paréceme ver los pintarrajos

sobre sus paredes

de los corazones  flechados.

En su interior, con tiza,

los nombres de los amantes

que el tiempo solo

conserva en la memoria.

Desemboco  en la calle

Francisco Flores,

el amor del sonido

de la lluvia se intensifica;

con un cantar, merced

a la encrucijada de caminos,

más peculiar, mágico, dialogante:

una orquesta de ensueño;

primor pueril, ignoto,

que restalla cuando

el corazón cierra

los ojos del alma.

En el flanco izquierdo,

 se extienden los huertos,

 limoneros mojados

 de lágrimas fértiles

odoríferas, balsámicas.

Y al final…, siempre al final,

en el lado derecho

se erige, amurallado de cipreses:

Mi colegio; al que todos

—de forma cariñosa—,

Conocemos (en aquellos años),

Por colegio, «La vía»;

ya que próximo a él

pasaban las vías del tren.

Después, muy acertadamente,

bautizado, Pedro Pérez Abadía;

(Don Pedro para los alumnos)

en honor a su director

y padre de todos

los allí presentes.

En el patio del recreo,

un hilo de cristal liquido,

salía de una pequeña fuente

que calmaba nuestra sed.

A día de hoy…,

me gusta pensar que,

como ayer…

 el mismo murmullo

brota del misterioso

hontanar de la existencia:

bisbisea, musita, como el amor

del fuego nos envuelve

en un enigma ancestral…

desconocido, inmarcesible.

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