Pagellus bogaraveo

Puesta De Sol, Océano, Azores, Portugal

No voy a contar nada. ¿Para qué contar algo? No sé contar nada.

Son los demás quienes tienen cosas increíbles que contar. Escuchémosles para que nos instruyan en el viaje de la vida. Ellos tienen eso que uno…, un simple mortal, no tiene; talento. He nacido para escucharos, para leeros, para, como bien decís más de uno: disfrutar, divertirme, deleitarme…Cuanto me alegro de teneros y con ello hacer el viaje de mi vida más entretenido. ¡Ay! ¿Si supiera donde está vuestro monte de los Olimpos? Quiero ser espectador. Para que me contéis, como Ulises, ese viaje lleno de aventuras: desventuras, guerras, traiciones, obstáculos… ¡Qué maravilla poder ser un Titán y no estar en el Hades! Añoro vuestra pericia. He de escucharos sin mesura, siendo todo oídos; para que en este tedio que es mi vida, no me dé tiempo siquiera  a pensar.

¡Sacarme de este hospicio maltrecho, pesimista…”Raskolnikiano” que es la ignorancia, la necedad! Quiero que vuestra luz ilumine, como Voltaire, este “Cándido” hondo y oscuro pozo de estupidez; no lo soporto.

¿Quién en su sano juicio, no querría un capitán como vosotros, que instruya al “raso” de Lepanto?  Qué con vosotros ha muerto el flaquel de un galgo,  relucido al de la triste en su Rocín, Apolo;  y llenado la sombra de Rucio  —sobre la vasta Mancha—,  la sensatez del campo con su generosa montura.

He de postrarme ante vos, todos, que llenáis de mientes las cortas entendederas de un lebrel, que ya no corre, pues espera las sobras con que comer:

¡Qué pensar si todo pensado está!

¡Oh de mí, si pensar pensando estara

y en el silencio… las moléculas callara!

Qué desde la caricia del tajamar en la proa del “Argo”,  hasta la quilla de la “Nao Victoria”… han sido muchos los héroes que no han hecho otra cosa que abrirnos con el rojo de su sangre camino hacia la libertad. Un rojo, que hoy, no parece otra cosa sino el olvido petulante, vanidoso,  del ignorante a su ego narciso.

Libertad,  a la que aludía el más grande de los caballeros andantes cuando se lo contaba a su “Sancho, bueno”: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos…».

Me gusta recordar  —aun con mis limitaciones, siendo lo que soy—, aquellas historias de nuestros ancestros contadas desde los fondos marinos.  A Darwin, en el castillo de proa, del precioso  bergantín “HMS Beagle”. Con su solemne barba al viento moviéndose al compás de la mesana, como un solo trapo en una única y acertada dirección: la estela nívea, — de su nave—  efervescente, esclarecedora. Recordándonos que para subir sobre el juanete mayor, primero hubo que bajar de los árboles; pese a lo mucho que les costó creerlo a numerosos y les seguirá costando a otros.

Que el viaje en sí, maravilloso y perecedero, tiene unas limitaciones; sólo nos convierte en” via-je-ros”. Fugaces sombras, efímeras, que un día, como todo, han de partir sin el halo ya de la  juventud.

No hay que obstinarse en subir a los árboles si no es para ver la larga y acertada traza de su filosofía, la de los insignes; los genuinos hombres que han marcado a fuego una traza que se acerca más a la de los dioses.

¿Para qué intentar contar nada? ¿Con qué derecho no ver el que ya tienen los demás? Me gusta imaginarme a la “Hispaniola” o el “Faraón”, como lo que son, dos formidables navíos con un propósito en la vida; llenarnos de verdad, de acierto, de aventura, respeto… De cobijo cuando el sol se hace insoportable, o de abrigo cuando la más áspera de las noches nos vapulea.

Cuando la falta de aire hace que sólo un mínimo de mi boca se abra paso

entre las malas ideas hechas desechos flotantes. Un dulce y ligero sopor se apodera de mí. Hace dibujar en la mente divagaciones, digresiones imprecisas. Quiero pensar  —si no estoy soñando—  que el bajel de lontananza que se abre camino en el horizonte, no es otro que el “Sofía”. Que en su mascarón de proa, la viva imagen de Atenea, la diosa, se adelanta por debajo del bauprés como queriendo escapar del navío, tirando con una fuerza inusitada, desafiante, sin ambages.

Me dejo llevar…, como el capricho de una hoja que cae de su árbol. Con el vaivén oscilante e hipnótico que le ofrece su destino hasta tocar fondo.

Con el último fulgor de este sol de estío, cegador,

sueñan las aguas ya oscuras de este Mediterráneo

que hoy remontan entre las opacas sombras del tiempo,

aquella juventud que en vez primera fui.

Mas al igual que no se pide nacer,

otro tanto ocurre con los padres:

que uno no parte bacalao

si es besugo lo que le ha tocao.

(A Francisco de Quevedo: porque en estos tiempos corrompidos,

su mordaz espada y su afinada pluma, vuelvan a meter en rienda

la desvergüenza; que en este país cabalga en desboque…)

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