Ser o no ser: ¿RIP?

Acercóse  de nuevo nuestro misterioso personaje. Y lo hacía con sigilo, como siempre, como si flotase al andar. En esto que, en el parque había una caterva de jovenzuelos fumando y drogándose. Sentados en hilera. Pasándose todo aquello que hace a cada cual de ellos, menos persona, más ceporro; sin luz en el candil de sus tuertas vidas. Entre risas y carcajadas socarronas y deleznables, por no decir repugnantes, éstos, se vendían a las más bajas horas de aquello que entendemos por seres humanos; considerándose amigos; aun cuando del grupo hallan vendido hasta su puñetera madre por una raya, un vaso de alcohol, o siquiera, por una cadencia estúpida, insondable, a vender todo, sin principios. Por el hecho en sí de dejarse arrastrar hasta el instinto más burdo y animal; ni siquiera igualando —si de caras estamos hablando—, la que tuvo que tener Judas de Iscariote vendiendo a Jesús. Como tampoco creo fueran aceptados en el gremio de la fantasmagoría (por ser éstos de tal vergüenza para dicha cofradía. ¡Qué son fantasmas! Qué duda cabe; pero, no llegan a ser profesionales de ello, como no lo son de nada, y no será porque no quieren tocar todos “los palos”, digo. Y es por esas, que considerando la cadena, pesada; no se la ponen, porque no se hizo el dobladillo de una manta —de gandula—, para el eslabón  de cadena alguna.

Ya estaba nuestro desgarbado personaje en la distancia del dinero. Un olor a muerte sacudía el parque extinto de cualquier ser vivo, excepto —claro está—,  aquella comitiva de ignorantes drogatas. La figura se hizo grande. Una coleta larga le sobresalía de un capuchón ancho. Se paró, sin pies en el suelo; en levita sobre un palmo del que se pisa. Las manos recogidas sobre la empuñadura de un viejo bastón, de donde se escapaban dos figuras horrorosas de ojos encendidos en rojo. Si se miraban fijamente, parecían estar quedas, inmóviles como la muestra que hace un Pointer sobre la presa encontrada. Pero si mirabas el rostro inexistente, dentro del capuchón de semejante peregrino, no se veía sino el infinito abismo que proporciona la longitud de un pozo o una cueva extinta de luz. Y en ese corto intervalo, las figuras se movían, aunque al ojo no le diera tiempo a verificarlo. De compararlas con algo, se diría que eran dos dragones en miniatura, de madera marrón, oscura.

El alboroto cayó de pronto, mientras la figura etérea sobre el aire, movió sus huesudos dedos.  Las uñas de un verde podrido y rotas, contenían restos de lo que parecía pequeños trocitos de carne, sangre seca, y hasta se diría que astillas de madera. De allí se desprendía un olor nauseabundo que hizo se pusieran, uno tras otro, de rodillas, a echar la cabra (mascadilla) sobre el suelo. Y con un golpe de bastón en el piso; el aire pareció  electrificarse, saltando destellos eléctricos que crepitaban en sonido. Y dijo:

—No a mucho tiempo

que os llevo siguiendo la pista

hi de putas.

Id recogiendo desperdicios,

¡Todos he dicho!

Mientras hablaba, señalaba por todas partes, reagrupándolo todo.

Cada una de aquellas palabras salía de donde seguramente se inventó el miedo; porque la voz gutural resonaba en todas partes como lo haría un trueno, un mal trueno.

Uno de ellos, se revolvió queriendo estrujar el cuello del encapuchado. Éste se desvaneció en el aire como si de un gas se tratara. Hecho asombroso fue  que el agresor fuera el agredido. Porque comenzó a levantarse sobre el aire como si una soga invisible le atenazara por el cuello. Cuando hubo subido unos doce metros, este cayó sobre un contenedor de basura. Quedando tan mal que no se movió.

Y volvió a hablar aquel ser encapuchado:

—Seguid todos andando.

En fila, digo.

Menos tú —señaló a uno de ellos—

¿No te da vergüenza andar con estos?

A lo que el chico respondió:

—Sí que me da. ¿Pero qué otra cosa puedo hacer?

—¿Cómo? ¿No te das cuenta de que tú no eres como ellos?

Buscas principios, respeto. Si vienes conmigo lo tendrás.

Mientras el resto seguía andando, perdiéndose en la distancia. El chico, siguió a aquella figura extraña. Se subieron a un alto edificio.

—¡Salta! Y tendrás lo que buscas,

que aquí no hallas.

Nunca lo hallarás.

Te han predestinado, salta.

Solo tu familia te echará de menos;

el resto es historia.

Parece que fue suficiente argumento porque el chico saltó.

En  la calle, el cuerpo inerte fue descubierto por los transeúntes. Llegó el comisario de policía con su ayudante. El comisario le preguntó  a su ayudante:

—¿Que… qué te parece?

—No se aprecian síntomas de violencia… —respondió el ayudante—.

—Pues créeme, si te digo que sí, ¡Es asesinato! ¡Asesinato social!

—Pero…¡ inspector!

Al otro lado de la calle, en otro edificio alto, estaban contemplando la escena el encapuchado y el chico, o su alma, o lo que fuera aquello…

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