A la sombra de un 9 largo

La primera vez que la vi atravesar el umbral de aquel infecto antro de humo y mala leche, me di cuenta enseguida de que no era como el resto de mortales, Incluyéndome a mí; un tipo vapuleado por la amargura de tener que estar forzosamente aparentando ser un barman que sirve copas en la barra de un garito cochambroso, casi tan ruin como el paso de la adolescencia a la adultez. Recuerdo también, como ahora mismo, cuando ella… entró.

Aún le resbalaban las gotas de lluvia por las cotas del abrigo. Sus zapatos de tacón alto iban dejando la huella húmeda de su pisada por el piso. Cuando se iluminó su rostro bajo la estela de luz de una de las lámparas colgantes de la barra, el humo rancio se abrió hacia los flancos, como si una entrada divina disolviera con su rayo las nubes. Se sentó al tiempo que un coche de la policía paraba delante de la puerta. Sus cejas, simétricamente perfiladas, morenas, asentaban la estructura de una mirada picara e inteligente, aunque con un atisbo de nerviosismo entrecortado por el movimiento de su pecho, que subía y bajaba. De inmediato, como un acto reflejo, el vaso que llenaba de wiski se lo acerqué, derramando parte de él sobre la barra. Ella lo aprobó con su mirada. El tipo a quién iba dirigido, borracho, intentó protestar. No le dejé. Saqué tan rápido como pude otro vaso que comencé a llenar. Mientras el chorro se precipitaba sobre el fondo del cristal, me quedé mirando los reflejos dorados que brillaban en sus ojos —los de ella—, como los que se forman en el movimiento de las aguas de un estanque; relajantes, llamativos…fugaces.

Los agentes de la policía se acercaron. Uno de ellos, grande, de anchas espaldas, corpulento, cejas gruesas, grises como el día que se precipitaba sobre la ciudad. Debía tener  unos cincuenta y ocho años. Parecía la voz cantante. El otro, por el contrario, tenía un “cuerpin”, escurridizo, lánguido como el paso de una comadreja por un agujero imposible. Debía de estar en mitad de los cuarenta. La cara sonrosada recordaba a la de un mono con sus ojillos pequeños, redondos, vivaces. Llevaba las manos dentro del abrigo y los codos separados, intentando abultar parecer más grande, como una serpiente inofensiva imitando el reino de una cobra.

Comenzaron a hablar:

  —¿Es ésta la chica?  — la acusó sin remilgos con su pulgar.

Se produjo un silencio…

  ¡Languer! , ¡Langueeerr!  —Gritó y le miró con sus ojos negros, inquisitivos.

  —Cre,cre,cre,cre,creooo que sí… se, se, se, señor  —tartamudeaba.

Ella, la rubia despampanante, se puso más sensual. Juntó los labios tan pronto se dio cuenta que hablaban de ella y dejó ver relucir  el carmín que refulgía sensualmente. Su figura resaltaba bajo la ropa: falda de tubo por encima de las rodillas y chaquetilla de ajuste ceñida al talle.

No esperó a  volver a preguntar al tal Languer, que hacía lo imposible por dejar de renquear, como si un demonio oculto bajo su lengua tirara de ella.

  —¿podría decirme, señorita, dónde ha estado usted las últimas dos horas?

El inspector, se abrió de brazos en jarras y yo, hablé:

  —¡Todo el tiempo ha estado donde usted la ve ahora mismo!

Me hice el tonto desde el principio, pero supe de inmediato quienes eran: Montana y su ayudante Languer.

Él dejó de mirarla a ella para mirarme a mí, en la misma posición; con los brazos en jarras, con sus negros ojos inquisitivos preguntándome.

Ahora era el momento de saber si el dinero que gasté en la operación de cara había merecido la pena.

  —¡Ah, sí! Y usted, ¿es…?  —alargó su mano, señalándome, como si fuera a dar un golpe de karate. Lo dijo de forma para que no hubiera dudas sobre quién y qué orden imperaba.

   —Me llamo, Toni. Aunque mis amigos me llaman “Perla”

   —Muy bien, veo que empezamos a entendernos. Por cierto mi nombre es Montana. ¿No nos conocemos de algo?

   —No, le recordaría.

   —Acércate, hijo. 

Se fue hacia un extremo de la barra, invitándome con su dedo índice, moviéndolo como si estuviera haciendo una caricia en la barbilla de un gato. Al acercarme, me dijo muy cerca del oído, a una voz lo suficiente audible como para que me enterara yo pero no los demás:

   —Será mejor que me cuentes la verdad, listillo. Hay penales en este país que desplomarían a un hombre más rápido que las caderas de la rubia a la que encubres.

   —Le aseguro…

   —¡Bla,bla, hijo!  ¿Sabes porque  se la busca? Esa gatita de ahí es la sospechosa de esparcir los sesos de un tipo con una Súper Star, 9mm largo.

Algo en mi interior me decía, que tenía que seguir adelante con aquella farsa. No solo es que hubiera despertado en mí la atracción por su belleza. Su cara se difuminaba en mi cabeza como las escurridizas volutas de humo que empañaban el local. Pero cada vez tomaba más forma la estrecha y extraña idea de alguna relación.  ¿Pero, cuál?  Distraje la mirada un segundo hacia la portada del periódico que dejaba un sesentón a mi lado, sobre la barra. Cuando se iba dejó un rastro a cigarro y colonia barata. Entonces lo vi todo claro: en la primera página, la foto, revelaba el cadáver de un varón  —en el titular decía su nombre; era mi padre, no había duda— que yacía en el suelo de su local, “el paso”; un medio prostíbulo, con números de baile sobre el escenario de chicas ligeras de ropa. Como un chispazo, recordé el idilio de mi padre con aquel bombón que todavía olía a pólvora humeante. Comprendí, que quizás, aquella maniobra mía de esconder a la chica, podría ser mi salvoconducto, o no. Aquella Súper Star, 9mm largo, de la que habló el detective, fue la reina del mambo en un ajuste de cuentas contra la banda del sordo; un encargo de mi padre, que en aquel tiempo ejecuté yo. Un coche patrulla de la policía que rondaba por la zona se presentó antes de lo previsto, y a Maquis —mi ayudante entonces—, se le resistió un casquillo que no apareció, sino más tarde, fielmente husmeado por el braco alemán; así llamábamos al ayudante de origen teutón, hoy ya retirado — por suerte—, de este Montana, al que mal- conforman con un nuevo perro tartamudo y resfriado, llamado, Languer. 

Aquella gatita se dio cuenta de que yo me di cuenta. Pero…, ¿qué otra cosa podíamos hacer? Sino mantenernos a la sombra de un 9 largo.                                                                                                                                                                                         

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