Lo que no vemos

Apus Apus, Vencejo, Falciot, Falzilla

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

Jugando llamarán. […]

(Bécquer)

Vencejos, Aviones y Golondrinas son aves que todas las primaveras vienen de sus cuarteles en el África. Se alojan aquí, en España, hasta pasado el verano.

Estaba el abuelo de Ricardito inmerso en su pequeño rincón literario; un cuarto forrado de libros, a modo de biblioteca, la suya. Al que él, carismáticamente llama: “el rincón del abate”. Lo del rincón es obvio, lo del abate, según él, hace referencia, a que como en la novela de Dumas, el Conde de Montecristo conoce al abate Faria , y este le trae la iluminación y la esperanza a su desoladora e injusta prisión en el castillo de If; él piensa lo mismo de su biblioteca, que en sí es un vuelo a la libertad y al saber.

Entró como un bólido que surcara el espacio, Ricardito:

   —¡Abuelo, abuelo, abuelo…!

   —¡Ricardito, hijo…!

Abuelo y nieto se fundieron en un gran abrazo

   —Papá, siento no haberte llamado… —era Carmencita, su hija menor y madre de Ricardito, claro— ¿Puedo dejarte a Ricardo? He de acudir a una entrevista de trabajo…

   —¡Pero, ya sabes que sí! ¿Cómo me preguntas eso? ¡Carmencita, hijaaa!

   —Sí, ya lo sé, papá, ¡Eres un sol!

    —Anda, corre, no vayas a llegar tarde. Qué este mozalbete y yo tenemos muchas cosas de las que hablar y otras tantas de las que hacer. Por cierto, Carmen… no me explico cómo esta sarta de payasos, todos, entre dirigentes y no tan dirigentes, son tan… “Gi…”

    —¡Papá, el niño! —le reprendió con presteza y aplomo.

Miró al chiquillo con absoluta complicidad,  y no hicieron más que compartir una tierna y larga sonrisa venida a más, aunque finalmente; contenida en ademanes de arranque a carcajada, se le puso la cara como un tomate. Tosió para disimulo de mayores ante Carmencita.

Sonó la puerta cerrándose. Todavía se quedó dentro el olor de Carmen y el gesto de su cara, como diciéndoles: “no tenéis remedio”

Se asomaba a la ventana Ricardito:

   —Mira abuelo cuantos pájaros. Se van a chocar, van como locos…

   —¡No son pájaros, son vencejos, aviones y golondrinas! Y tampoco se van a chocar: son los acróbatas del aire. Y no, no van como locos: su ejercicio de coordinación es infinitamente una grandiosidad que solo ellos pueden hacer. Nadie más.

   —¿Nadie más?

   —Cómo te lo digo…¡Nadie más! Aunque sí que es cierto, y esto no lo recoge ningún organismo oficial, sino que es una apreciación mía, de mis años, que estos virtuosos del aire, no son ni por asomo los del año pasado, ni los del otro, ni los del anterior. Ricardito, hijo, es lamentable, pero también un hecho que su número ha descendido a niveles preocupantes. ¡Sin ellos estamos perdidos! ¿O quién piensas tú que nos libran todos los veranos de las fastidiosas plagas de mosquitos?

Abuelo y nieto miraron a la par por la ventana con un mismo aire de admiración y asombro ante aquellos pequeños y hábiles héroes, olvidados por el resto de la humanidad que estaba inmersa en otros problemas de raigambre mayor.

   —¿Ves esos que son más oscuros, más grandes y con las alas muy puntiagudas?

   —¿Cuáles? —respondió el chico

   —Mira, ése —lo señaló con el dedo índice—, si te fijas bien, verás que no paran en ningún lado, y ese de ahí. ¿Los ves? Son vencejos. Se cuenta de ellos que todo lo hacen en el aire, incluso duermen sin parar de planear. Si alguna vez paran es porque les ha sucedido algún percance. Como uno al que rescaté. Lo recogí del suelo. Tenía unas pequeñas heriditas en sus patas. Le puse yodo con un algodón y le alimenté con un poco de polen de flores disuelto en agua. Solo le tuve un día. No quería que muriese por estrés. Lo lancé muy alto desde la terraza. Remontó el vuelo —el abuelo, abrió los brazos imitando el batir de alas— junto a sus compañeros que eran cientos. No paraban de hacer pasadas vertiginosas y se saludaban unos a otros con unos grititos que emiten, en plan: “hola Antonio, ¿Cómo te va?” y cosas así…

 Ricardito se echó a reír.

   —Entonces, abuelo, ¿Crees que sin ellos estamos perdidos?

   —Pero, ¡cómo! Y tanto que sí. Nosotros nos empeñamos en intentar mediar en la naturaleza con nuestro largo saber. Por ejemplo, fumigando con insecticidas para matar a los mosquitos. Siempre mediamos en todo. ¡Cómo si la tierra con su vasto recorrido no supiera cuidar de sí misma!

¿No te parece que para el problema de los mosquitos, esos de ahí  —los señaló con sus ojos al través del cristal de la ventana—, lo tienen más que resuelto? Y por si fuera poco, gratis. —Miró a su nieto melancólicamente, recordando su juventud que viajaba aguas atrás mecida por un dulce vaivén.

   ­— Sí, ¿No has pensado a veces, abuelo, qué realmente la clave de la existencia misma de la vida, no está en lo que conocemos, sino en lo que no conocemos, y qué la mayor parte de las veces no sabemos quedarnos quietos, aceptar  que es ella quién verdaderamente lleva las riendas?

 Llamaron a la puerta. Era Carmencita, su hija. Todavía no se había repuesto de la contestación de su nieto. Cuando se fueron de casa, un sentimiento poderoso le impulsó a salir a la calle. Al hacerlo, pudo ver como un pájaro azul muerto yacía en el suelo. Al fijarse mejor comprobó que se trataba de una mascarilla con forma de vencejo o golondrina o avión, o eso era lo que le pareció. Entonces pensó, que quizás la vida fuera eso; una máscara que se yuxtapone entre el creo y el credo; entre lo imaginado y lo real; entre la estupidez y la sensatez. De estas dos acepciones, quizás la sensatez, resida en lo mal llamado nimio, en lo «pequeño» que escapa de nuestra estupidez; siendo sin embargo el sostén de todo eso a lo que conocemos por vida.

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