Muere por una (S) en el estómago

Paloma De Roca, Paloma, Pájaro, Animal, Fauna Urbana

Botellas rotas de una marca conocida de cerveza yacen esparcidas por el

Suelo, desgajadas de una suerte virulenta con las que fueron lanzadas contra el pavimento. También se ven botes de refrescos. Algunos aplastados contra el asfalto, otros…, enteros, rodando a merced del aire, igual que algo vivo, sin alma, sin un corazón que les proporcione la orden de un cerebro…: “el movimiento con cabeza”. Otras latas, en cambio, están anquilosadas contra un bordillo, entre medias de cristales que hacen de freno, o entre las varillas verticales de cualquier arbusto que puebla uno de estos sitios; por lo general: edificaciones abandonadas, parques, proyectos constructivos detenidos, a priori, vaciados. Lo de a priori lo digo, porque aunque parezca a simple vista un lugar muerto, no lo es. Está lleno de pobladores que tienen la virtud de existir, sí, en un plano físico, real, aunque nos empeñemos en no verlo y nos excusemos en una especie de…: ¡Los que no vemos por qué no los vemos; los pequeños…, porque son pequeños, y los demás, porque parece que tienen —de alguna manera— que sufrir  una especie de destierro que no logro entender, si no es pensándolo desde una especie de acto de frustración egocéntrica, delictiva con el entorno!

De las múltiples veces que había pasado por allí; paseando, corriendo o en bicicleta, aquel día, mejor dicho, aquella  noche, sentí la imperiosa necesidad, como dirigido por una fuerza misteriosa a presentarme en el lugar referido. Miré a ambos lados. En la casi quietud de la noche, cogí del suelo un bote de una marca de cerveza, x. Volví a cerciorarme de que no pasaba nadie, y  al sentirme solo, lancé contra el suelo la lata. Oí el ruido hueco que hizo al chocar contra el pavimento. No sentí nada. Salté con los pies juntos sobre él (el bote, claro). Lo aplasté. Pasó un rato…, pero nada relevante sentí. Miré al suelo, viendo aquel caos hecho trizas; todo el campo de batalla salpicado de la valentía de unos cuantos. La luz amarillenta de las farolas me permitía ver a las hormigas pasando entre los vidrios, por encima y debajo en una ordenadísima formación. Estuve algo torpe porque debí de pisar uno de aquellos cuellos de botella, y de alguna forma me cortó. Un hilillo de sangre se descolgaba pierna abajo hasta el tobillo. No parecía grave. Corté un trozo de un pañuelo de papel que llevaba en el bolsillo y lo puse a modo de tirita.

Habiendo satisfecho la necesidad de saber lo que se siente tirando algo al suelo. La frustración y un poco de sueño mezclado con vergüenza, me hizo recoger la lata y meterla en el bolsillo. Me marché a casa.

En el pasar de los días noté, qué aquel corte que me hice en la pierna  me dolía muchísimo. Tomé la decisión de acercarme al ambulatorio del pueblo.

   —Sí, no cabe duda…¡ Está infectada!  —decía el practicante, mientras empujaba contra la herida, a toquecitos, la gasa mojada de yodo.

Una vez curado y tapado el corte. Mientras yo me disponía a salir del centro, a la vez, entraba, Paco el cazador. Éramos amigos y vecinos, aunque a mí no me iba la caza. Se aquejaba de un dolor fuerte en el estómago. La mano puesta a modo de paliativo señalaba el lugar de donde parecía proceder.

Yo pensé que algo le había sentado mal. Tenía fama de ser un tragantón de cuidado. Y a sus años las “tripás” se pagan caras.

Días después, paseando por el cementerio de las cosas rotas. Vi, con sorpresa, al hijo de Paco el cazador—Paquito— ,rompiendo un litro o “litrona” de cerveza —como los jóvenes la llaman—.

Nos quedamos mirándonos. Sabiendo ambos, que nos conocíamos lo suficiente como para sentir vergüenza. Me hice el sueco… Y él; supuse que confió en que mi corta vista cubriera su gamberrada.

A la mañana siguiente compré el periódico y leí que Paco el cazador había muerto. En la foto del suceso salía un pequeño trozo de etiqueta, que según pruebas periciales del forense, correspondía a la “S” inicial de una marca de cerveza conocida como Stultiam.

La pregunta que todo el mundo se hacía, era: ¿Cómo diantre aquella S había llegado allí?

Con el periódico en la mano, volví a pasar por donde a Paquito le gustaba merodear. Me senté en lo que quedaba de un banco. Aquella historia necesitaba un buen asiento. No se lo van a creer, pero allí…, delante de mis narices tenía la respuesta… Una paloma picoteaba, alegremente, todo lo que se le presentaba, incluso las etiquetas de las botellas. Entonces me di cuenta, que siendo, Paco, cazador, había matado y luego comido a una  de estas palomas que picotean alegremente. Me interrumpió la reflexión Don Gabriel, el cura, que venía leyendo “La peste” de  Albert Camus, y dijo: “Stultitia Semper instat”

   —¿Cómo dice padre? —le pregunté sorprendido

   —Te he dicho en latín: “la estupidez insiste siempre”, qué es una frase de Albert Camus —señaló la marca de cerveza stultiam en la foto del diario y me dijo: ¿Sabes lo que significa?

   —No. ¿Qué?

   — Estupidez…

(Gracias por seguir apoyándome: familia, amigos, compañeros, conocidos, todos… Ya son cuatro los años que llevo publicando en el blog. Un fuerte abrazo para todos).

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