¡Ay…, señor, señor!

Manos, Familia, Padres, Niños, Amor, Bebé
Salió de aquel infecto antro tan borracho como el que más. Aunque había una diferencia con respecto a los demás, de alguna manera, él sabía que lo suyo tenía remedio; una mala racha…, una pequeña crisis…, en fin, algo pasajero, momentáneo: nada que ver con ellos(“sus amigos”) que seguían enganchados a una adicción de la que es sumamente difícil salir; escoger el camino más fácil. Ya en la calle, mientras todo el orbe daba vueltas en derredor, como si una tempestad agitara una chalupa en alta mar. Se mojaba el suelo por una lluvia fina que iba calando. No se le ocurrió otra cosa que ponerse a dar voces:
 
   —Al menos yo no me callo, pandilla de palurdos.  ¡Quiero que me conteste Dios! ¡Quiero cambiaaaaarrr! Eso sí… de poder ser, a mejor.
Se llevó la mano a la pitillera y encendió un Bisonte. Miró hacia arriba, con los ojos achinados y con gesto prepotente  volvió a gritar hacia los cielos:
 
   —¿Así que esto te parece malo? —mostraba el pitillo encendido. Una pareja le miraba con sorpresa y reía por lo bajo mientras desaparecía del plano hasta perderse en la línea del horizonte— ¡Sin embargo, no te parece malo lo que a mí me suceda…eh, grandullón, to-do-po-de-ro-so!  ¡Ja!  —sacó la lengua en gesto obsceno como un chiquillo enfadado.
Se paró en medio de la plaza. Por suerte que no pasaba nadie. Miró, a lo lejos ya, a la pocilga donde se reunía lo que él creía amigos. Miró de nuevo hacía las alturas y volvió a las andadas:
   —¿Y eso…qué? —señalaba al bar, vociferando— ¿También puedes en eso regodearte? ¡Seguro que sí! ¡Para ti, te los regalo! ¿Son buenos samaritanos, verdad? No te pedí nacer…! ¿Sabes, lo que estaría bien? ¡Qué me sacaras de circulación, sí, eso estaría…perooo que muyyy bien! ¡Ja! —blandió el puño en el aire para propinar un golpe.
Me has visto sufrir hasta la extenuación y te he rogado. ¿Y cuándo me has contestado? —Se llevó la mano a la oreja, esperando en silencio—. ¡Uuuuhhh, qué callado estás! Qué poco conversador!¡Sigo sin oír nada! ¿Quieres que te conteste yo?¡ Sí, mejor será…!¡ Nunnnnncaaaaaa, eso es!
Gritó con tanta intensidad que se cayó de culo. Un guardia que salía de darle la vuelta a una esquina se encaminó a  paso ligero.
 
   —Señor, algún problema?
—   ¡Ja, esta sí que es buena! —respondió mientras intentaba levantarse.      
—   Perdón, ¿Cómo dice? —contestó el poli.
—   ¡Disculpe, no hablaba con usted!
—   ¡Ah!…¿Nooo? ¡Yo no veo a nadie más por aquí!
Puso los ojos sobre el cielo e hizo un gesto movido con su dedo índice…y contestó: —Estoy hablando con él.
   El agente miró hacia la nube que no dejaba de lloviznar. Al poli le saltaron las cejas por debajo de la gorra y dijo:
 
—   Ahh, ya entiendo. ¡A ver listillo, sácame la documentación!
—le recriminó con la mano. El otro brazo lo puso en jarras esperando con autoridad.
   —¡Vamos! ¿Esta es tu contestación? ¡Je-fe! —dijo sin mirar a nadie una vez se hubo puesto sobre su dificultosa vertical.
   —¡Eh, oye… déjate de bromas o te llevo detenido! ¡Y no me llamo jefe! —se enfadó el guardia.
 
   —¡Usted nooo…, el de arriba!  —Señaló sobre sus cabezas con los ojos— .Valeee, espere un momento —comenzó a registrarse—. Tiene que estar por algún ladooo… —nanananá…nananá …canturreaba y se callaba con gesto de apuro, cuando notaba que el bolsillo que palpaba estaba vacío.
La cartera no aparecía. Después de un par de minutos, se sonrió y volvió a mirar a los cielos…:    —Ah, jeje, ya entiendo. ¡Has sido tú…, viejo truhan! —Movía su dedo como quién cuenta gallinas—. Has hecho que se me caiga…, se me olvide en algún sitio… ¡Oh, jojojo…, mejor aún, qué me la roben! —Sonreía sarcásticamente.
 
   —¡Se acabó, Te vienes detenido a comisaría!
   —un momento, un momentooo… Si yo sé que la tengo, hombre. No se impaciente…
 
   —haga el favor, comportesé. Nos vamos.¡ Me oye bien! —el guardia le asió fuerte por el brazo.
Se fueron. Haciéndose pequeños a la vista de una pequeña multitud, que en corros, se arremolinaba sobre la plaza. Y de esa guisa fueron dejando tras de sí una estela de cuchipanda para unos y trapisonda para otros.
 
Y al llegar a jefatura  le explicaba — mientras el guardia dictaba a su compañero —; que ferozmente golpeaba las teclas de una vieja Olivetti— las causas de la detención. Entraban por la puerta principal un par de tipos vestidos de blanco; altos y fuertes, buscando a un hombre que coincidía con la descripción del detenido, aludiendo que tenían queja del susodicho por  no atender a razones , alboroto público y hablar solo, según el dueño del bar.
Cuando estaban —no sin esfuerzo— colocándole la camisa de fuerza, salía del interior de uno de los calabozos el padre Josico. Al parecer, la policía le había llamado por un detenido que no quería colaborar hasta que no se confesase con un cura.
 
El encamisado quedó perplejo ante semejante estampa.
   —¿Padre, padre Josico?
El padre, casi octogenario, levantó la cabeza del suelo para atender a la voz.
 
   —¿En?…qué, ¿Quién me llama?
  —¡Padre, soy yo? ¡Luiiis!
El cura sacó un pañuelo con el que limpió las gafas. Se las colocó sobre la nariz y se esclareció la imagen.
   —¡Pero Luisiiito! ¿Qué haces tú aquí, alma de cántaro?
   —¡Padre, Tiene usted que ayudarme! Esto es un malentendido. No encuentro mi cartera con la documentación. Me han arrestado…
   —Padre, ¿Lo conoce usted? —preguntó el guardia que le detuvo.
 
El párroco, dándose cuenta de la situación, actuó con la inmediatez de un rayo divino: —¡Pero…, cómo no voy a conocer a este golfo, al que llevo buscando toda la tarde…Y qué me ha dejado tirado con la misa! ¡Es mi monaguillo Luisiito!   
 
   —¿Seguro que le conoce, padre?
   —¡Qué si le conozco! Eso quisiera yo, no conocerle. ¿Puede usted soltarle? Tengo otra misa enseguida…y me gustaría…
   —Supongo que sí. Pero me da a mí que éste no está para misas. —se sonrió el guardia mirando a su compañero.
 
   —Eso déjelo de mi cuenta. ¡Qué a éste le meto yo en vereda!
   —Está bien. Suéltenlo.
Salieron por la puerta, por este orden: primero los dos fortachones vestidos de blanco. Inmediatamente después; el padre Josico y Luisito. Los guardias, ambos, se quedaron en el umbral de la puerta.  Cuando reinó un poco de paz y alejados lo suficiente de comisaría. Luisito miró al cielo —que se había abierto dejando ver las estrellas— y no dijo nada, aunque si lo pensó. Y el padre Josico le dijo: — anda y mira palante, que te vas a caer de boca.

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