Navidad en equipo

Me llamo Víctor. Tengo sesenta y ocho años y lo único que sé a ciencia cierta es que esta noche de Reyes voy a morir.

Toda mi vida he vivido en este viejo caserón de mis padres. Aunque ellos hace más de treinta años que murieron no me considero el dueño de la propiedad.  Está muy retirado del pueblo más cercano, del que omitiré el nombre por no hacer referencia  a dato alguno que pueda  reportar información comprometedora. La última Navidad que celebré fue con mi padre. Mi madre pereció tres años antes. La caja con todos los adornos y demás parafernalias Navideñas debe de estar por el sótano. Siempre pensé que para celebrar una Navidad debe de haber un buen motivo; yo no lo tenía. Es curioso que nunca, y miren que esto es difícil, nunca me salió nada bien. Siempre que me esforzaba por conseguir algo, se frustraba con las situaciones más inverosímiles que imaginación pueda recrear. Todavía a expensas de morir en esta noche, tengo el vacío de no saber cuál puede ser el propósito de haber nacido. En la escuela, como en la calle, nadie me elegía para jugar en su equipo y además me zurraban. Para ahorrarme complicaciones con la vida, opté por apartarme de todo y todos. Salvo de una cosa: un sueño recurrente que me ha perseguido siempre, todos los días. Lo recuerdo desde que tengo uso de razón: soñar que el día de mí muerte era hoy, víspera de Reyes de éste mismo año, del que también omitiré su información por verse comprometida mi identidad. Fuera estaba nevado —como ahora—hasta donde alcanzaba la vista. Cuando el reloj se acercaba a las once cincuenta y cinco, un fuerte dolor en el pecho me hacía caer de rodillas, como si una llama mortal quisiera atravesarme el corazón, disolverlo en cenizas.

¡Dios mío no me he dado cuenta de la  hora que es! El viejo reloj de pared del salón, junto a la chimenea, marcaba las once cuarenta y cinco. Me senté en la mecedora a mirar hacia afuera. Nevaba con copiosa persistencia. El viento aullaba  azotando con virulencia las tejas, las paredes, puertas y ventanas que luchaban por seguir aferradas. Los vetustos cipreses del camino se torcían adoptando formas que, en la escasa visibilidad del reino de las sombras, la imaginación convertía en las peores criaturas que uno quisiera ver. La ventana se abrió de golpe agrietando  el cristal. Volví a cerrarla tan rápido como pude. Las agujas ya marcaban las once y cincuenta y cinco. Entonces a lo muy lejos del camino, en la pura lontananza, se veía a duras penas, el diminuto y débil fulgor de una lucecilla que me pareció avanzaba con la lentitud de una tortuga, oscilando.

Eran las doce y cuarto y lejos de acercarse la luz; desapareció. Estuve nervioso mirando el camino; esta vez desde la ventana de mi dormitorio, en el piso de arriba. Desde esa posición  más elevada  pude ver, con toda claridad, sobre la nieve, impresos, los pasos de unas huellas que se detenían delante de la puerta de casa. De improviso escuché la puerta de la calle cerrarse, y una luz dejaba ver el resplandor que se filtraba por el hueco de la escalera, dibujando sombras deformes, a cuál de ellas más terrorífica. Unos pasos se hacían notar en cada peldaño. Muerto de miedo… pregunté:

   —¿Quién anda ahí?

No hubo respuesta. Los pasos seguían su camino. No le quedarían más de dos, tres peldaños a lo mucho para terminar de subir.

   —¡Le advierto que estoy armado!

   —Jajajajajajaja  —una risa salida de algún infierno no terrestre acompañó a aquella figura que se dejó ver.

   —Víctor, Víctor, Víctor… No debes asustarte. ¡Fueron tus palabras las que me trajeron aquí!

   —¡No le he visto jamás. Márchese de mi casa!

No me creerán cuando les diga que aquel hombre  —de uñas largas, negras, con restos de dios sabe qué… Con la piel del color de una lombriz arrugada y acartonada cual momia milenaria. Con un sayón que le cubría de arriba abajo, sacado del azote de una guerra cruenta. Y con una mirada que paraba los corazones y congelaba las almas—  vino hacia mí increpando. Sacándose restos de comida con las uñas…

   —Las Navidades pasadas, Víc-tor… dijiste bien claro que tu vida debía de acabar. Qué no querías seguir más. Pues bien, aquí estoy para concederte tu deseo de Reyes.

   —¿Qué? Ah, ya. Creo que empiezo a atar cabos. De modo que tú, no eres otro que…

   —Ajá…¡Bingo! ¡El mismo que viste y calza!

   —Sí, es cierto que dije que no quería seguir viviendo. ¿Pero, qué ser querría estar en mi situación? No he sido más que un estorbo para todos. Luché duro por hacerme un hueco en la sociedad y también fue inútil. No se cumplió nada, excepto este maldito sueño que me acompaña desde que dejé de creer en la Navidad, o eso creo.

De repente unos golpes sonaron en la puerta de la calle. Para ser exactos tres. La puerta volvió a cerrarse y una luz mucho más intensa y blanca que la que acompañó a la primera visita, iluminó, yo diría que toda la vivienda.

Y una voz habló desde el salón:

   —¡Eh, Luci, baja un momentito, ¿quieres?

Entonces, no creerán lo que sucedió…Este desarrapado, el que estaba enfrente de mí contesto:

   —¿No me digas que eres…? —la voz de abajo no le dejó terminar.

   —¡Sí, lo soy! Anda no me hagas esperar y baja aquí. Tenemos que hablar.

Cuando estaban reunidos no pude enterarme ni papa de lo que decían. Se escuchó el cierre de la puerta. Miré por la ventana y solo vi cómo se hundía la nieve ante unos aparentes pasos.

En cuanto a mí…ya debía de estar muerto; puesto que me hallaba frente al árbol de navidad de la plaza del pueblo, lanzando bolas de nieve contra mi mejor amigo, cuando yo tenía ocho años. Nochebuena, creo.

   —Anda, no me repliques, el chico se lo merecía…

#cuentosdeNavidad.

4 comentarios en “Navidad en equipo

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