Javier Marías: el club de don Quijote y Sancho

   Y donde fuéredes, Sancho del alma, amigo incondicional. Retaco chico de gracia divina. Recuerda bien este nombre que voy en mención a dar. Pues se ha teñido el campo de un negror, en cuyo duelo, las flores gallardas se han rendido a los pies de aquesta santa y noble figura… Por qué dígote que nos va a visitar uno de los más grandes caballeros andantes que dio esta tierra castiza.

   —¿No podríamos, mi señor, donde aquella sombra de encina sestea, hacer parada y de ella, dar  cuenta del queso de Tronchón y de este pellejo lleno de Tomelloso? ¿Y de esa manera dar mejor recibimiento a tan alto estandarte?

   —¡Insensato hi…! ¡Osas en hablar de comida, hijo del demonio! En muchos malos entuertos te has visto mezclado pero en ninguno como este; pues habré de partirte la hiel si no te comportas en tus ofensas.

¿Has acaso, oído tu decir o hablar, qué caballero andante o escudero alguno haya dejado de honrar a otro altísimo caballero? ¡Dígnate en bajar del pollino, o, como hay Dios que de un espadazo te doy el queso y el vino, el troncho y el lloso! A la pregunta — que muchos se hacen— de si hemos muerto daré contestación de un solo golpe, Sancho, si no desciendes de ahí en lo que libra un santiamén.

Bajóse de rucio, Sancho, a desgana, y con un sonido de tripas que parecía haber un riachuelo cerca. Hincó la rodilla al suelo cuando el sol —en todo lo alto—  no hacía ni sombra y, entonces don Quijote dijo mirando a los cielos:

   —Yo haré noble y altísimo caballero —pluma selecta de la literatura española—  que pague este zoquete con enmiendas su osada fechoría. Pues no sabe él que desciendes del mismo Febo, con ancestros directos de sus rayos dorados, que nos has presentado en América como lo insigne de estas lides. Y que no has hecho otra cosa que con tu pluma, a modo de espada; resarcir agravios mil, gravar con tinta lo que otros con espadas de mal filo han querido borrar. Y ahora sí, Sancho, ese caballero, al que han dejado pasar a este lado de lo imperecedero, de lo eterno: de los dominios del lobo, de la travesía del horizonte, del monarca del tiempo, del hombre sentimental, de todas las almas, de corazón tan blanco, tu rostro mañana, y de tantos otros menesteres que reafirman sus fazañas en el parnaso de los cielos…o de los enamoramientos, Sancho; que  también en esto supo dar lecciones de humildad. No es otro que el simpar caballero de Redonda: un desfacedor  de entuertos, un amante de la libertad, un apasionado de las letras, un perseguidor de la justicia, un «desenliador» de jerigonzas…

Mientras el discurso de nuestro caballero de la triste figura proseguía con delectación. Una sombra vino a hacerse con toda la cúpula del cielo. Una nube tan grande como alcanzaba la vista vino en apropiarse de las alturas y, de un poderoso y más sonoro rayo que tocó el suelo, salió una figura, un hombre, que a la certera de media legua se acercaba por la estepa, ya mojándose, pues el trueno rompió con una ferviente lluvia, convirtiéndolo todo en sopas.

Y en viendo esto Sancho, dijo:

   —¡Ahí va mi madre! Si no es el hambre quién aporrea mis sesos, mi señor don Quijote, y me hace ver lo que viere, diría yo que es…nuestro señor Jesucristo descendiendo del cielo mesmo.

   —Mira Sancho, no hagas chanza de las cosas divinas. Infame bellaco…

   —¡O san Pedro! —volvió a interrumpir Sancho—  Aunque… —no le dio tiempo a decir más, dióle don Quijote un empujón con la punta de la lanza que hizo a  Sancho en el suelo.

Cuando la figura distante, «celestial», cobró el matiz que da la nitidez de la cercanía, exclamó el hidalgo:

   —¡Ahí le tienes, Sancho, el caballero de Redonda, don Javier Marías!

   —O estoy muerto o esto es un sueño —dijo Javier, confuso y sorprendido.

   —¡Cómo muerto!¿ acaso no ve la yerba, los árboles, aquellos ribazos, las piedras, a Sancho en el suelo o a mí mesmo sobre Rocinante; la Mancha entera? En cuanto a lo de un sueño…

No pudiendo reprimirse Sancho, intervino:

   —¿Un sueño dice? ¡Naranjas de la china, que lo dice un Panza! El «foriundo» jaleo que me llevan las tripas dentro, no es moco de pavo. Ni el desmayo que tengo lo cubre licencia alguna. ¡En to caso muertos sí, pero de hambre sobre todo!

   —Calla de una vez, so animal y no aburras a nuestro distinguido caballero de Redonda. Súbase vuesa merced a lomos de Rocinante. —Subió don Javier sobre el jamelgo que, a punto estuvo de quebrar sobre sus patas —. Qué como es costumbre en estos casos cenaremos en el selecto club de admiradores de don Quijote.

   —¡Y Sancho, mi señor!

   —Y Sancho —añadió el de la triste figura.

Y en el friso del ocaso de Apolo, en la distancia, en un lugar cualquiera de la campiña, se escuchaba una algarabía de muchas personas que con hogueras se iluminaban. Se preparaban para un banquete al cielo raso, sobre el manto de estrellas que iba ofreciendo la bóveda celeste.

Cuando llegaron a la altura de la celebración. Se extendía, hasta perderse en la distancia, probablemente, la mesa más larga y con más comensales vista en tiempo alguno. Repleta toda ella de lectores y escritores amantes de las aventuras de don Quijote. No cabía en sí don Javier Marías, de ver a tantos escritores por él admirados y «otros» de los que creía perdidos.

Pusiéronse de acuerdo todo el mundo y al unísono, pronunciaron estas palabras: sea vuesa merced don Javier Marías, caballero de Redonda, bienvenido a este club al que esta noche preside.

Titilaron sus ojos. A pesar del enorme jaleo, se escuchó decir de Javier a Sancho: ¡Así qué me confundiste con una figura divina!

#JavierMarías.

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