Por el vil metal

Piratas, Velero, Fragata, Barco, Niebla, Viaje, El Agua

Después de ver lo que un cañonazo le hizo a un hombre situado a una vara de distancia, justo a mi izquierda. Comprendí que tendría que haberme dejado apresar por aquel tendero que me persiguió por todo el puerto tras el robo de las monedas; dichoso yo y dichosas monedas y dichoso navío al que tuve el infortunio de subir.

Medio cuerpo, el inferior, quedó de pie, mientras el otro medio se empotró en uno de los palos del velamen.

 

—¡Malditos ingleses de mierda! —Fue lo que masculló un tipo con barba amarillenta como el azufre—. Muchacho, no te quedes ahí, vamos… ocupa su puesto.

Se me quedó mirando y en sus ojos había algo que me decía que si no me ponía allí, donde decía, el siguiente en acompañar a aquellas piernas desarboladas del tronco, a las que aquel «viejo» empujó de una patada precipitando su caída hasta las agitadas aguas sería yo.

 

Pronto comprendí, que la tarea que quería desempeñar no era otra sino dirigir el cañón una vez cargado.

—¡Vamos chico! —hizo un gesto rudo con la cabeza mientras me miraba, como un asesino mira a su víctima justo antes de matarla.

El caso es que, fijándome en como lo hacían los hombres de los flancos no sé por qué intercesión eclesiástica o providencial, cuando se dispara el cañón, no salgo de mi asombro al ver que el vuelo de la bala acierta de lleno en la proa del barco inglés.

Los vítores de aquellos hombres no dejaban espacio ni siquiera para mi propio asombro. No sé todavía por qué motivo me sentí como si aquella tarea la hubiese inventado yo.

Después de no sé cuántos aciertos por mi parte en la flota inglesa,  comencé  a sentirme agusto, como se sentiría un reo condenado a muerte al que le perdonan la vida.

 

Más tarde, cuando todo aquel baño de multitudes y sangre hubo finalizado me di cuenta que la persona que iba a colgarme una medalla del pecho, no era otro que Don Luis de Cordova, y que la nave a la que serví no era otra que la Santísima Trinidad.

Al mirar hacia la pasarela de acceso desde tierra, no pude estar más desasosegado, viendo que quien subía por ella no era otro que el tendero…

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2 comentarios en “Por el vil metal

  1. Ya me has atrapado. El Santísima Trinidad, cuatro puentes y 120 cañones, la más grande de sus tiempos hasta que Nelson… vaya, me has atrapado: quiero saber qué pasa a continuación y ese es el mejor sabor que te puede dejar un texto.
    Enhorabuena, un abrazo!

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  2. Muchas gracias, Israel. ¡Madre mía! Si supieras lo que he pasado con este texto: Todos los designios, señales, manifestaban que no viera la luz.
    Estuve retirado, en un sitio entre montañas, y el internet es una cosa caprichosa allí; cada vez que quería publicar el texto, internet se marchaba de viaje. Creo que lo mío fue una cuestión de tozudez, obstinación…
    De cualquier modo te doy las gracias por ver buenas cosas donde otros no las vieron. Un abrazo.

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